sábado, 8 de noviembre de 2014

Otoño, rosas y salvia.


 Los viejos jardines son como las viejas casas que, si se les limpian las telas de araña, hacen que las modernas construcciones de cemento parezcan pálidas y sin gracia.

Estuve unos días lejos del jardín y al volver tuve la sensación de entrar en un lugar pleno de belleza. Las rosas, en estos días más cortos y de luz más difusa, tienen una belleza delicada y suave.

Puede que este sentimiento sea fruto de mi ignorancia o del exceso de cariño, pero... paciencia, estas son mis percepciones y no quiero otras.



Me gustaría agradecer aquí el magnífico regalo que me llegó del norte en forma de unas plantitas de salvia enviadas por una buena amiga, que además tiene un bonito blog: El jardín de Margarita.


A la salvia la llamo “la princesa”, es hermosa y se adaptó magníficamente a nuestro terreno, tanto que parece que quiere colonizar el entorno; si llega a ser así… bien está.


Además de hermosa es útil. La infusión de sus hojas y flores me reconcilia con la - para mí desagradable - necesidad de tomar más líquidos. Siempre me pareció un pequeño castigo y ahora me es grato hacerlo. Gracias Margó.











sábado, 18 de octubre de 2014

La selva.


¡El jardín parece una selva!”, exclama alguien de mi casa. Pues sí, un poco selvático sí parece: mucha agua y temperaturas altas provocaron un “estallido de verdes”. Comprendo que puede resultar un poco agobiante, aunque también podemos contemplar unos toques de color que ni en la más hermosa de las primaveras tendrían tanto fulgor.

Sin embargo el jardín no es siempre el mismo, esta mañana era un espacio cerrado por la neblina, que desdibuja los contornos, y daba la sensación de ser un estuche que nos protegía.

Feliz otoño para todos.


















domingo, 21 de septiembre de 2014

Querido septiembre.



Mi querido septiembre, una vez más te doy la bienvenida. Me quedaría con tu luz, con tu suave temperatura, el cantar de los pájaros tan activos en sus cortos vuelos de rama en rama… apetece tocar la hierba. Los nuevos brotes de los rosales, en su tierno color irisado de oro, me están diciendo que quieren bailar a la vida; algunos florecerán y animarán el jardín que revive del estío lleno de frescor.


Y torno a mi preocupación: los hongos de los rosales. Empecé un tratamiento nuevo utilizando vinagre de sidra, recomendado por el amable autor del magnífico blog chileangarden, Fernando Ruz, que reside y trabaja en Londres. Por su saber y su buen gusto para presentar las fotos de los jardines que visita - que son muchos - hace que sea un regalo descubrir sus publicaciones (…gracias Fernando, me gustaría poder volver a Londres y aceptar tu ofrecimiento como guía de jardines).

Contestando hace algún tiempo a mi pedido de ayuda, me informó de que los ingleses usaban el vinagre de sidra como un antifúngico. Supongo que por su clima y su amor a las rosas tienen de seguro una larga experiencia con este problema.

Además del rociado con el vinagre diluido en agua en la proporción de una cucharada por litro, les estoy dando un aporte de fertilizante líquido que hacemos aprovechando el estiércol de las gallinas. A tres kilos de estiércol le añadimos unos 20 litros de agua, dejamos que repose 20 días, le retiramos las masas que afloran a la superficie y luego lo aplicamos diluido en agua - en una regadera de 7 litros añadimos aproximadamente un cuarto de litro de ese fertilizante. Dicen algunos entendidos que es el mejor sistema de abonado. Este tratamiento lo hacemos dos veces, espaciado unos 15 días. Así intentamos ayudar a la floración del otoño, que si bien es un poco más pobre en cantidad de flores, éstas son más hermosas en su color y a mí me parece que su perfume es más profundo y más intenso.

Esta mañana bien temprano di una pequeña vuelta por el jardín, con mi taza de café en la mano. Canté de puro gozo, y en mi corazón alabé una vez más al Creador de tanta belleza.


jueves, 4 de septiembre de 2014

Casi nada que contar.

Ballerina, Bental 1937.

Casi nada tengo para compartir con mis amigos, los amigos de las rosas.

Mis rosales languidecen. En el pasado estaban muy protegidos por las fumigaciones con productos químicos anti-hongos; al no poder proporcionarles ahora esa protección por problemas de salud se resintieron enormemente.

Para combatir los hongos llevo desde principios de mayo siguiendo un consejo que, según me garantizaron, daba buen resultado, pero no ha sido así. Se trata de rociar las plantas con jabón liquido y aceite diluidos en agua: una cucharada por litro.

Unos amigos que tienen un jardín en esta misma zona, con los mismos problemas - aunque disfruta de más sol, pues no está tan cercado por arboles que lo sombreen - experimentaron con vinagre de sidra diluido y parece que sus rosales tienen brotes más lozanos que los que observo en mis plantas.

Voy a intentar el mismo remedio, a ver si me da resultado. De todos modos los hongos son unos enemigos poderosos, muy antipáticos...

Por otro lado el jardín está verde y apacible, parece que vamos a disfrutar de un septiembre cálido. Siendo así - y si nos salvamos de incendios en nuestros montes - os invito a visitar estas tierras. A pesar de algunas “modernidades” aún es un lugar hermoso.

Aspecto del jardín en estos días:


 Rosa chinensis Mutabilis.

 Anna Fendi, Barni 2004.

 Tickled Pink, Fryer 2006.

 Centaurea.

 Mermaid, Paul 1917.

 The Alexandra, David Austin, 1992.

 Sarah Van Fleet, Dr. Walter Van Fleet 1926.

Hibiscus Disco Belle White.

domingo, 13 de julio de 2014

Miedos.


Intento escudriñar en la lejanía de mi infancia mis primeros miedos.

Creo que sentiría algún temor al escuchar los cuentos de las Xanas, los Aparecidos o el terrorífico Home do Unto. Era este último un ser malvado que robaba niños y les quitaba el unto (la grasa) para sus fines perversos.

Pero a mi abuela no le gustaba la palabra miedo y me enseñaba a combatirlo.


Para defenderme del "mal aire" de las almas penadas que vagaban perdidas - supongo que todas las aldeas del mundo tendrían las suyas - tenía un talismán: oír con devoción las tres misas de Navidad, teniendo el cuidado de llevar en el bolsillo del abrigo un diente de ajo.

Así - si se me aparecían - solo tenía que decir en voz alta: “¿vos a quen lle queredes facer mal, a quen come allo e reallo e quen oe as tres misas de Natal?”. Aún oigo la voz de la abuela: “…e nunca temas mal algún”.

Y para defenderme del Home do Saco, otro ser malvado que robaba niños: “¡Trancas a porta!” O sea, que si me quedaba en casa sola, pasarle la tranca de hierro a la puerta y tranquilidad absoluta, pues así la casa era como un castillo inexpugnable.



Mi juventud fue pacífica, con ilusiones y sin grandes temores.

Luego, con el nacimiento de los hijos, vuelven los miedos.

En este momento con muchos años, buena salud, familia y amigos sin mayores preocupaciones, creía que esa temida palabra se había alejado.



Pues no.

Vuelve.

Leo en un periódico que el presidente Obama está muy preocupado por la desaparición de las abejas.

En la pasada primavera ya nos preocupamos por ellas; en mi jardín todos los días se afanaban a millares llenando sus cestas de polen en un pequeño seto de cotoneaster y piracanta. En 24 horas las diezmaron los “extraterrestres”, así es como designamos a unos hombres ó mujeres protegidos con trajes blancos, que parecen escafrandas, que se dedican a fumigar el monte cercano, quiero creer que no por gusto, alguien los manda. Fumigaron al atardecer un día de fuerte viento nordeste; en mi casa tuvimos todos molestias en la boca, los ojos y la piel. …y las abejas se llevaron la peor parte. Al día siguiente nos levantamos temprano y pudimos observar con pena y rabia como se movían lentas y como desorientadas; apenas se oía el bullicio habitual de su trabajo.

Al tercer día unas pocas aún se acercaron, y fueron las últimas.

Este año hemos visto algún abejorro, pocas libélulas y pocos pájaros. Apenas una que otra abeja.





Para este Miedo no tengo talismán. Solo la esperanza de que los sabios y los poderosos del mundo amen a sus hijos, a sus nietos… ¡y un poquito a las rosas!